Realizo fotografías a las esculturas siempre que tengo oportunidad. No pretendo
imágenes descriptivas. Si acaso, evocadoras, puede que alejadas de las intenciones de su
autor. Estudio el ángulo desde el que les alcanza la luz. A veces espero a que ese ángulo
cambie. Si es posible vuelvo otro día, en otro momento.
Hasta ahora, sin embargo, nunca les había “robado” la luz. Inicié esta serie, que implica
una reinterpretación de esas imágenes de mi archivo, cuando estalló la guerra de
Ucrania, en 2022. Desde entonces, la guerra sigue, las guerras siguen. Su estruendo
reduce al silencio demasiadas cosas. La destrucción que significa nos deja sin
respiración, enmudecidos. El ruido de los cañones oscurece el cielo, pisotea el canto de
los pájaros, aplasta la risa de los niños. El hombre, de nuevo, matándose a sí mismo.
Como se suele afirmar, la cultura construye y la guerra destruye. Lo apaga todo. Nos
acerca más y más a nuestro abismo oscuro.
He dejado sin apenas luz esta serie de esculturas. Todas ellas, antiguas o recientes, más
o menos conocidas, son portadoras de alguna tensión. Cuando esa carga tensional se
resuelve en una obra de arte, nos enriquece y nos orienta, aunque nos aflija o nos duela.
Sin embargo, ahora, con el horror de fondo, hay un apagamiento. He llevado las
imágenes hasta el límite del no ser. Queda un leve residuo de luz. Me niego a la total
desesperanza.