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Raisa Raekallio & Misha del Val

12 / Junio / 2018

Salí a dar un paseo. El día era luminoso y fresco. El bosque a estas alturas del año va recuperando su olor a bosque y la nieve va convirtiéndose en un recuerdo cada vez más transparente. Esa mañana, la de mi salida, me movía el afán de lo otro. Caminaba hechizado por horizontes de hojalata, por tintas granujas y por promesas de un carrusel con luces de ciudad.

El verde naciente del bosque alentaba mi paso. Agraciado por vientos propicios de los que gozamos únicamente los sandios, me planté de unas zancadas en la cara adversa del mundo. Allí entre las jacarandas y los ficus durante cinco años y medio, alquilé mi libertad de náufrago. Conocí el arte de sentarme y expuse la piel al misterio del juego del cricket.

Poco a poco el sol iniciaba su inevitable descenso. El cuerpo se fue acostumbrando a la postura del viaje y, a pesar de nuestros profundos afectos, se nos derrumbó la noción de casa. Comencé a notar que el paisaje me resultaba conocido y extraño a la vez. Caí en la cuenta de que andaba en círculos y finalmente de que me había perdido. Fue entonces cuando me di de morros con mi Norte.

Apenas recuerdo vagamente cómo fue que nos encontramos la primera vez -pues nos habíamos visto muchas veces antes. Recuerdo que al mirarnos a los ojos comprendimos que no sabíamos nada y por eso forjamos el compromiso de caminar juntos. Ocurrió, como muchas otras cosas buenas, en sauna. Decidimos compartir el paseo, desayunos copiosos, la madera de nuestras monedas y tirones de almohada. Y ya que ambos estábamos en lo mismo, nos pusimos a contar con barro la historia de lo divino.

Así que hoy regresamos juntos los tres. Regresamos respondiendo al silbido amigo. Traemos el murmur de los árboles, migas de fiestas de cumpleaños, un cesto de mimbre lleno de cosas intocables, folios interminables de apología del jugar, aventures cósmicas vividas desde dentro, desde todos lados, caperuzones colorados muertos de risa, racimos de perspectivas incandescentes y el temblor que nos derrite: el triunfo de la vida para siempre.

Lo que partió ya no se encuentra y los que hemos regresado lo hacemos con la certeza de no haber partido jamás. ¿Es el viaje que nos llevó el mismo que nos encuentra hoy aquí en pleno carnaval en el regazo de tu costa, tierra amiga?