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15 / Junio / 2023

El eslabón más débil es el que condiciona siempre el resultado de cualquier proceso. Si algo saben los artistas, los científicos y aquellos que algo saben es justamente eso. Tratándose del conocimiento, la imagen es el nivel de conocimiento más bajo. Así, aquellos que todavía ignoren su capital importancia, lo ignoran todo. Como nadie es tan ignorante, de lo que se trata no es tanto de saber qué imágenes miramos, sino de saber mirar aquéllas que nos miran.

El trabajo de Carlos Cánovas nos propone mirar justamente aquello que nos mira. Para traducir a su mirada esas fotografías que le miraban, necesariamente tuvo que sintonizar consigo mismo antes. Lo que alguien pueda llegar a ver en una fotografía dice mucho más de quien la ve que de quien la hizo. Lo que hace que estos diálogos sean tan atractivos es sin duda que, sin ser iniciados, logran que veamos como iniciados a través del ojo de un iniciado. Volvemos a ver.

Mariano Zuzunaga

Contempladas a alguna distancia, las fotografías de una exposición parecen simples manchas apagadas, sin color, muertas. Cuando nos aproximamos, sin embargo, comprobamos que duermen un sueño vivo, intenso y sugestivo en su caja de cristal. Aún más cerca, se diría que las sombras tienen movimiento. El ojo descubre, en la proximidad, colonias de parásitos -espectros, reflejos, brillos, resplandores, desenfoques- que viven allí, en la impostura, su vida efímera, a la vez discreta y ruidosa. Sucumbir al encanto de esos parásitos, pues también lo tienen, es convertirse en un parásito más. Cabe así la posibilidad de habitar en la imagen querida, penetrar y vivir en su misterio, ser un traidor y, a pesar de todo, desde la infidelidad, amarla para siempre.